El pescador al alba

julio 8, 2009

“Necesito un cigarrillo”  – dijo Ezequiel mirando por la ventana hacia el mar. Lo tenía a unos pocos metros y se podía sentir la sal en el aire. Faltaban un par de horas para el amanecer pero ya se podía notar como se iba aclarando el día. El aire salado se filtraba por la ventana y llenaba el pequeño y austero cuarto.

¨Nunca necesite tanto un cigarrillo¨- se repetía a si mismo.

Ezequiel dio media vuelta y enfrentó la oscuridad que lo rodeaba. Solo una tenue luz atravesaba por la ventana. Era la luna oculta detrás de unas débiles nubes. Miró hacia la silueta bajo las sabanas y se acercó despacio a la cabecera de la cama. Ezequiel se quedó quieto unos segundos para comprobar que no se despertara nadie y luego metió su mano izquierda bajo la almohada. Tomó un atado empezado de cigarrillos Lucky Strike y se aseguro que dentro del paquete estuviera el encendedor. Lo prendió una o dos veces y luego, silenciosamente, se acercó a la puerta.

“Saldré unos minutos nada mas. Ya vuelvo¨ – murmuró hacia la habitación en silencio.

La puerta estaba trabada y le dio un poco de trabajo abrirla. Dos o tres veces frenó en sus intentos por miedo a hacer mucho ruido. Cuando finalmente lo logró, salió al pasillo y nuevamente enfrentó la oscuridad. Estaba muy pobremente iluminado y el avanzar por el se hizo muy lento. La escalera no estaba mejor iluminada, aunque el ventanal que la decoraba dejaba entrar la tenue luz de la luna. El barandal ofrecía algunos destellos de luz de luna en las zonas más desgastadas donde se notaba que las personas se apoyaban con más frecuencia. Los escalones estaban resbaladizos y el blanco sobresalía con la poca luz. Se notaba que los habían barrido hace poco. De tanto en tanto, Ezequiel se frenaba para poder escuchar si su lento avanzar había despertado a alguien. Pero la gran casona se mantenía en silencio. Al acercarse a la curva de la escalera se frenó, miró hacia arriba a través del ventanal y dijo: “un buen horario para salir a fumar¨. Inmediatamente se arrepintió de haber roto el silencio que dominaba la casona, pero tuvo suerte: Nada se movía a esa hora.

Una vez que terminó de bajar la escalera y estaba a unos metros de la puerta se puso el chaleco que llevaba en la mano derecha y sigilosamente enfrentó la puerta. Tuvo más trabajo que con la anterior puerta, pero finalmente pudo salir.

El aire frío y salado lo golpeó con fuerza. Probó dos veces más con el encendedor antes de cruzar la puerta y al salir la dejo entreabierta. ¨No sea cosa que me de problemas al volver¨, pensó. Antes de alejarse hacia el mar miró hacia su habitación y le pareció ver una luz. Ezequiel no le dio importancia y siguió su recorrido hacia el mar. Una vez que llegó a la orilla y se mojó la punta de los dedos en las frías aguas de la mañana temprana se prendió el primero de los tres cigarrillos que quedaban en el paquete.¨Esto es lo que necesitaba¨, dijo casi gritando para si mismo y empezó a caminar lentamente hacia la izquierda de la gran casona. Ya no estaba tan oscuro y las formas se empezaban a diferenciar.

A lo lejos Ezequiel divisó una figura sobre la orilla. Pequeña para la distancia a la que se encontraba. Llevaba un buen rato caminando pero la curiosidad pudo más y aceleró el paso. Una vez que estuvo mas cerca pudo darse cuenta de que se trataba de un hombre de ya avanzada edad, metido hasta apenas arriba de las rodillas en el agua y con una caña de pescar, recogiendo la línea.

¨Buenos días¨- gritó Ezequiel. Sorprendido el hombre, volteó primero para la izquierda y al no ver a nadie giró para el otro lado. Al ver a Ezequiel respondió el saludo.

“¿Hay pique?” – preguntó Ezequiel como si supiera de qué estaba hablando.

“Es la mejor hora. Nadie que te moleste y los peces medios dormidos todavía” – contestó el hombre largando una sonora carcajada.

El pescador recogió la linea y lentamente fue saliendo del agua. Al acercarse Ezequiel extendió la mano y se presentó. “Pepe”, contesto el pescador repitiendo el gesto. Fue la primera vez que Ezequiel pudo verle bien el rostro. El día se había iluminado lo suficiente como para que el reflejo del sol diera en las canas de la tupida barba del pescador. Ezequiel tiro la colilla del cigarrillo en la arena e inmediatamente agarró el atado de Lucky Strike del interior de su chaleco y notó que quedaban dos cigarrillos.

“¿Usted fuma?” – preguntó Ezequiel.

“Lamentablemente” – contestó el pescador mientras pasaba por el costado para tomar el balde que se encontraba a unos pocos metros de Ezequiel, quien no había notado que el balde se encontraba allí. El pescador tomó el balde con la misma mano que la caña y empezaron a caminar juntos. Ezequiel le ofreció el ultimo cigarrillo, ya que él se había prendido el otro y al hacerlo notó que en el balde había dos pescados que no pudo identificar. El pescador tomó el cigarrillo con la mano libre, se lo colocó en el poco espacio que ocupaba su boca entre la barba canosa y se inclinó levemente para que Ezequiel lo pudiera prender.

“Esto sí que es bueno” – dijo el pescador dándo la primera pitada. “¿Alguna vez pudo observar el resplandor del amanecer?”, continuó mirando hacia el cielo.

“¿Qué es eso?” – preguntó Ezequiel frenando la marcha.

“Es una de las cosas mas hermosas que existen” – respondió. “Vamos que le muestro”, dijo incitándolo con el brazo a continuar la caminata.

Durante algunos minutos los dos hombres caminaron casi en silencio. Sólo los acompañaba el sonido de las olas y ocasionalmente alguna gaviota que surcaba el aire. Luego de un largo caminar comenzaron a divisar un resplandor por detrás de unos árboles en los medanos cercanos. Ezequiel estaba excitado como un niño pequeño cuando lo llevan a la juguetería.

“¿Que es?” – preguntó casi sin aliento.

“Creo que es obvio” – contestó el pescador luego de darle una larga pitada al cigarrillo.

Ezequiel no pudo aguantarse más y empezó a correr arrastrando del brazo al pescador que casi pierde el balde y la caña con la sacudida. Al dar la vuelta a los árboles se encontraron con un gran incendio. Varias personas en pijamas observando desde una distancia prudencial y otras sentadas en las ambulancias que ya se encontraban en el lugar. Mas alejados se encontraban varios bomberos y dos auto bombas tratando de apagar el fuego.

“¡Ahí esta!” – se escuchó entre la multitud. “¡Fue él!” – retumbó por todos lados.

Tres personas con uniforme se acercaron a toda velocidad hasta Ezequiel. Dos de ellos con macanas en las manos. El más joven fue el primero en llegar y tomó a Ezequiel de las manos.

“Así que te habías ido de paseo” – dijo con bastante ironía. “Pensaste que nadie se iba a dar cuenta”, agregó el tercero en llegar.

“Pero… yo… ¿Qué?” – balbuceo Ezequiel. “Pepe, contales donde estábamos”.

Ezequiel miro a ambos lados y no había nadie más. Los tres guardias volvieron a increparlo. Ezequiel estaba petrificado con dos cigarrillos prendidos en la mano izquierda, que cayeron al suelo ni bien los guardias empezaron a ajustarle el chaleco de fuerza que llevaba puesto.

Mientras los guardias se llevaban a Ezequiel a la ambulancia más cercana se pudo observar como la placa que se encontraba al lado de la puerta caía junto con la puerta. En ella todavía se podía leer “Instituto Neuropsiquiatrico Adelaida Madrid”.

Dedicado a Lala con el estilo inical…

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Una respuesta hacia “El pescador al alba”

  1. Lala escribió

    el que más me gustó hasta ahora,
    and you know it.

    love you.
    L

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