No sonrío hasta que llego a Banfield

mayo 6, 2011

Esta historia quizás no tenga sentido.  Es una de esas mañanas en las que el tiempo parece no pasar. Todo está quieto y en silencio, y yo me encuentro en el andén esperando. Esperando…  como siempre a esta hora.  Es uno de esos momentos del día dónde estás en tu mundo, sumido en tu burbuja. Esa burbuja que generan los auriculares. No sé porque pero mi alma esta en tono blusero (no les voy a decir exactamente que estoy escuchando, quizás en otro momento).

Y llega el momento de subir al tren. Como en un juego infantil de sillas musicales la gente que me acompañaba en mi espera se desespera por entrar y ocupar un asiento. Extrañamente, a esta altura, no siento que haya perdido en ese juego. Más y más gente va entrando en el vagón, hasta que finalmente quedo en ESA posición (extraña hasta para yoga, pilates, contorsionismo o rituales antiguos). Si, ESA posición. Cualquiera que alguna vez haya viajado en un transporte público en hora pico la conoce. Entre un hombre más alto que vos (siempre el más alto que vos se te pone delante) con el pelo largo, mal atado en un colita y esa colita va a algún punto de tu cara sin que puedas moverte; una o dos mujeres más bajas que uno se ubican en algún costado cosa que su hombro te de justo en la axila o el pecho; y detrás un hombre de frente a tu espalda, y uno siente o una cartera, o un bolso o una mochila (por favor que sea una mochila!!!) o un paraguas (por más que el cielo este despejado y encontrar una nube de tormenta sea tan fácil como encontrar un albino en un acto de Moyano) sobre su cintura.  Cada uno de esos escoltas apretado lo más posible contra uno, no sea cosa de que respire con facilidad.

Como una maldita broma del destino el tren se encuentra en esa etapa de indecisión de todos los días. Es como que le da miedo salir de constitución. Le tendrá mucho aprecio. Las puertas se cierran y se vuelven a abrir a los segundos. Luego se vuelven a cerrar por un tiempo apenas más prolongados y se vuelven a abrir. Esta condenada danza se da por varios minutos y lo único que varia es lo abierta que queda la puerta. A veces cuando se abre lo hace completamente y otras apenas son centímetros. Obviamente, (sino no sería tortura) cada vez que la puerta se va a cerrar la gente se apreta más y más contra uno. Luego, el tren por fin decide moverse. Y lo hace por la mitad de un centímetro para luego clavar los frenos como si hubiera visto un cachorro mojado en las vías. La gente se sacude de lo lindo y (por favor que sea una mochila!!!) se comprimen todavía más.

Por fin el viaje arranca. Son 6 estaciones nada mas, media hora pienso para mis adentros.  A esta altura la burbuja se va disminuyendo y los auriculares ya flaquean en su misión. Primera estación y no suceden grandes cambios. Segunda estación, Avellaneda, y acá viene lo complicado. Ya de por si no entraba ninguna persona más, pero se ve que la gente de la estación no pensaba lo mismo. Ocho personas tratan de meterse en el lugar de media. Y yo sigo rezando porque sea un paraguas. El tipo alto de pelo largo sacude su cabeza y yo intento que el pelo no me barra la cara. Los distintos movimientos se siguen sucediendo y uno trata de acomodarse lo ¿mejor? que puede.  Hasta que, finalmente, se cierran definitivamente las puertas (luego de varios intentos como los de constitución) y el tren avanza de nuevo.  “Cuatro estaciones más” me digo en vos baja, “Solo media hora más” (nunca se sabe exactamente cuánto se puede tardar en estas condiciones).  La mujer que clava su hombro en mis costillas me mira de reojo.

Lanús, el último bastión de esta tortura del transporte público (por lo menos de MI viaje). Los movimientos empiezan desde dentro del vagón y se enfrentan a los que vienen de afuera. Es fascinante e incomodo a la vez (por favor que sea una mochila!!!). Por suerte el hombre alto de la colita se baja en esta estación y puedo respirar algo similar a oxigeno.

Una estación más de por medio (sin inconvenientes o grandes movimientos) y llego. La burbuja lleva rota ya 3 estaciones como mínimo. El malhumor es dominante y estoy seguro que no era una mochila. Pero todo eso cambia cuando te veo. El cartel que dice Banfield suaviza un poco las cosas, pero lo que realmente me hace sonreír es cuando te veo. A vos. Con tus anteojitos rojos (a lo Liz Lemon).  Tan chiquitita, hermosa y todas esas otras cosas que en realidad se piensan pero que nadie dice porque luego lo tildan a uno de cursi, meloso, grasa, pollerudo, sotanudo o algún sinónimo de pollera+udo.  Todo ese viaje por el estomago de la ballena (más de media hora obviamente) para poder sonreír nuevamente. Y lo vale!!!

Dedicado a Lala (OBVIAMENTE) porque me hace feliz…

Advertisement

2 comentarios hacia “No sonrío hasta que llego a Banfield”

  1. Po escribió

    ooohhhh tan cursiiiiiiiiiii!!! pero me cague de risa con la historia!!

  2. Lucas DROOPY Norte escribió

    …la historia tiene sentido en la medida en que Banfield nos ha regalado una sonrisa…más que una sonrisa…la gracia de ser quienes somos…a vos en este caso una gran persona y compañera…creo que a mi…mi vida, mis amigos…

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.